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03 febrero 2016

La guerra civil

A continuación paso a trascribir los recuerdos de María que con sus 87 años cumplidos recuerda a esa frágil niña víctima de una guerra civil.

"Yo nací en el año 1928, así que cuando estalló  la guerra del 36 tenía 8 años. En la mente de niña se me grabaron muchas cosas, tal vez porque salían de lo corriente. En un anterior relato que hice decía que mi vida había sido feliz: la escuela, a jugar, incluso me daba mi madre 5 céntimos los domingos que me compraba 5 caramelos haciéndolos durar todo lo que podía porque hasta la semana siguiente no había más paga.
No había radio, ni tele pero jugábamos mucho. Es un pueblo frío Morella donde nací. Entonces no llevábamos pantalones; calcetines, un jersey grueso de lana y un vestido de percal. Aun así, cuando nevaba, no nos resistíamos a hacer "santocristos" que decíamos. Te tirabas en la nieve con los brazos y piernas separadas del cuerpo y te ayudaban a levantar las amigas de manera que quedara tu cuerpo marcado en la nieve. Las piernas moradas pero tengo que decir que nunca he estado enferma y tengo ya mis años.
Bueno, volviendo a la guerra, yo había estado siempre en la escuela de mi barrio junto con mis hermanos. Las niñas separadas de los chicos. A partir cuando empezó la guerra, nos trasladaron a todos los niños del pueblo al colegio de la Escuelas Pías que era un colegio muy grande. Estaba regentado por padres escolapios pero todos desaparecieron. Allí ya nos separaron por edades. Yo me cariñé porque en mi curso casi todos eran desconocidos, con mi hermana era dos años mayor que yo y también estaba en otra clase. Lo sentí mucho porque me sentía protegida por ella.
De la parte de Madrid vinieron refugiados huyendo de la guerra y el hambre. A mi aquello me traumatizó porque en cada palabra nos decían gilipollas, aunque las chicas eran modosicas y me llevaba bien, los chicos eran tremendos. Sabían más que Lepe, nosotras provincianas, a mi me traían por la calle de la amargura. Terminé por perder el placer de los recreos que era cuando nos juntábamos todas. 
Mi padre también cogió miedo, habló con unos masoveros conocidos y fuimos mis hermanos, mi madre y yo. Mi padre se quedó solo en el pueblo porque trabajaba.
Cuando llegamos a la masía para mi era una novedad: la era, gallinas sueltas, a buscar agua con mis hermanos a una fuente que estaba un poco lejos... Pero cuando se hizo de noche, eso era distinto. Aquella oscuridad, no había más luz que la de un candil que por todas partes veía sombras. Los perros no hacían más que ladrar, se contestaban de una masía con otra. En mitad de la noche me impresionaban esos ladridos fuertes. A lo lejos veía las luces del pueblo y sentía una nostalgia. Mi hermana y yo dormíamos arriba, en el granero, muertas de miedo cuando nos íbamos a dormir. Un hijo que tenían de nuestra edad era el encargado de acompañarnos con el candil. 
Así se iban pasando los días cuando un día vinieron a decirnos que iban a entrar las tropas de Franco, que los moros iban delante, que para más seguridad nos juntásemos todas las masías pequeñas en una grande que era un molino. Así que allí fuimos y nos juntamos con cantidad de paisanos y conocidos. A mi hermana y a mi nos pusieron a dormir en la cocina, con un jergón de farfolla, o sea las hojas del maíz. Nos dábamos tantas vueltas que no dejábamos dormir a nadie porque cuando te mueves hacen mucho ruido.
Al día siguiente, por la tarde ya nos fuimos hacia el pueblo. Aún vimos algún muerto por alguna cuneta, armamento abandonado... Mi madre sólo decía ir deprisa, no miréis a nadie. Cuando llegamos al pueblo, en la plaza de Colón, allí estaba la banda de música, requetés, falangistas, cánticos, mucha alegría. Cuando fuimos a casa de mi padre no estaba. Había dejado una nota que se iba a Valencia por miedo a las represalias. Mi madre hecha un mar de lágrimas, las fábricas estaban bombardeadas, no había trabajo y nosotros los tres pequeños, mi hermano que era el mayor no llegaba a los 13 años. 
Cartillas de racionamiento, yo el pan lo echaba de menos al principio, amarillo que pesaba como una piedra, luego nos dieron de salvado, que ya se comía mejor y le decíamos "pa negre". La ración era muy corta y también vendían pan de estraperlo pero por un pan te pedían 5 pesetas y ganaban de jornal muy poco así que era un lujo que no lo podías permitir.
Para el año 41 por circunstancias de la vida, me fui a vivir con unos tíos en un pueblo de la provincia de Teruel. Yo tenía en aquel entonces 12 años. No conocía a los tíos ni los había visto nunca. Me cariñé tanto que sólo esperaba se hiciera de noche para irme a la cama y allí, lloraba y lloraba. Fue el secreto mejor guardado, no quería que lo supieran mis tíos ni tampoco mis padres para no hacerlos padecer.
Morella que fue el pueblo que estuve hasta los 12 años, siempre lo llevo conmigo. Es un pueblo único en todos los aspectos: sus calles, sus gentes, sus costumbres... Allí fui muy feliz excepto cuando la guerra. Tengo que decir a pesar que me cariñé mucho al principio, con el tiempo fui cogiéndoles cariño a los tíos y también al pueblo. Hice grandes amistades, allí conocí a mi marido que vino de maestro, en este pueblo me casé, he tenido cuatro hijos a cual mejor.
Ahora al quedarme viuda me he venido al mismo Teruel donde estoy con mi hija. Doy gracias a Dios porque a mis 87 años me voy defendiendo bien y he sido feliz. Siempre digo que la felicidad la llevamos nosotros consigo mismos, así que no la vayamos a buscar porque no la encontraremos. 
A partir de ahora, mis vivencias las contaré de refranes, dichos, historietas, etc."



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