Estos días azules

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09 noviembre 2008

Historias de vida: la escuela de mi pueblo

A continuación os presento un relato de María, una mujer de 80 años que nos cuenta una gran vivencia de su infancia. Vivencia relacionada con la escuela. Una escuela que tuvo un antes, el que narra, y un después, la guerra civil. Ese después, será para otra ocasión.

"Era una escuela espaciosa, con grandes ventanas por donde entraba abundante el sol. Los inviernos que eran muy fríos, se encendía una gran estufa de leña que daba un buen estar a la escuela.
Cuando yo fui por primera vez a la escuela, me asustó ver tantas niñas, había más de sesenta de todos los cursos y colores. Como la maestra le faltaba tiempo para enseñarnos las primeras letras, nombraba a otra alumna de las mayores para repasarnos la cartilla y aprender las primeras letras, que dicho de paso eran muy pegonas. Para cuando empezábamos a escribir no a todos les compraban cuadernos porque decían sus padres que estropeaban mucho papel; así que les compraban una pizarra pequeña, que no pesaba mucho y algunas madres les hacían una bolsa de tela para llevarla dentro y no romperla. Otras niñas del papel de estraza que daban en los envoltorios de las tiendas si estaba limpio los cortaban en trozos y luego cosidos todos juntos como un cuaderno. Escribíamos siempre con lápiz, entonces no conocíamos el bolígrafo. En cada mesa había un agujero donde se sujetaba el tintero, pero tenía que pasar mucho tiempo para que te dejaran escribir con tinta, porque se hacían muchos borrones y la maestra no te lo perdonaba.
El libro que más recuerdo para estudiar era una enciclopedia que era pesada para mi edad, letra muy pequeña, sin apenas grabados. En la misma enciclopedia estudiaban mis dos hermanos mayores que yo, por eso llevaba desventaja, porque a mi casi nunca me llegaba a tiempo. Bien es verdad que en la escuela teníamos libros de lectura que cuando teníamos que leer nos ponían a todas formando corro y nos íbamos pasando el libro tal como ibas leyendo.
Recuerdo había un libro que me gustaba muchísimo. Su título "Fábulas de Iriarte" era con unos dibujos muy graciosos en color y la letra grande. El día que podía conseguir para leerlo me parecía tener una joya en las manos. A mis ochenta años, aún me acuerdo de todas esas fábulas, me las aprendí de memoria. ¡Qué felicidad si alguien me hubiera regalado un cuento!, aunque yo aún doy gracias que mi madre me contaba muchos. También así se puede ser feliz.
A pesar que asistíamos tantas niñas en la misma clase, había mucha disciplina. La maestra no nos dejaba pasar una. A mi no me gustaba llegar tarde porque si ya habían entrado a la escuela, tenías que cruzar toda la clase hasta llegar a la mesa de la maestra y decirle: Buenos días. ¿Ha desayunado usted bien? a lo cual te contestaba: bien, vete a tu sitio y mañana sé puntual.
Queríamos a la maestra pero a la vez mucho respeto. Cuando salía a la pizarra si fallaba en algo, te sujetaba el pelo y coscorrón contra la pizarra. Por la mañana entrábamos en clase a las nueve y salíamos a las doce porque era la hora que salían los padres del trabajo. La tarde del jueves se dedicaba hacer excursiones y los sábados también asistíamos a clase. Las mañanas dábamos Lengua, Matemáticas, Dictado, etc. y las tardes las dedicábamos a las labores, coser, bordar, encaje de bolillos. Hacíamos cosas muy bonitas. Luego a final de curso, se hacía una exposición que venían las autoridades y muchos padres a verlo. Los chicos se lucían exponiendo sus mejores cuadernos y unos dibujos muy bonitos.
Las niñas estaban separadas de los niños. Salíamos todos al recreo pero no nos juntábamos con ellos, los juegos eran completamente distintos. Nosotras siempre al corro y a la comba y si no corriendo persiguiendo a otras chicas diciendo Tú la llevas. Cantábamos infinidad de canciones. Me acuerdo de muchas de ellas: Estando el señor Don Gato, Han puesto una librería, El cocherito lere, Los hijos de Severino, Mambrú se fue a la guerra, En el fondo del mar. Siempre se hacían cortos los recreos.
Aún no tenía nueve años cuando estalló la guerra del 36. Ahí cambiaron todos mis hábitos, pero eso es harina de otro costal que no merece la pena recordar ahora. Pero siempre estará mi pensamiento en mi primer día de clase en la escuela de mi pueblo.

4 comentarios:

Estas cosas siempres hacen que se me empañen los ojos.

Gracias.

José
 
Testimonios de vida, de verdad. Sé que hubo un antes y un después: la guerra civil. Esa odiosa guerra que rompió tantas infancias y desgarró las sonrisas de los niños y niñas. Eso fue marcar, hacer a nuestros padres de piel aislante.
 
Muy emotivo y profundo. La niñez hay que cuidarla, porque por lo visto se recuerda durante muchos años. Lo aparentemente más sencillo, a veces es lo que nos marca de por vida.
 
La gente de mi generación, entre 45 y 55 años, aunque no vivimos la guerra civil española ni las consecuencias más dramáticas de la posquerra, todavía hemos llegado a apreciar en toda su profundidad y dramatismo relatos como como éste. La escasez de papel, unas simples hojas de papel de estraza cosidas eran todo un tesoro, junto a un lápiz cuya mina de grafito
se apuraba hasta el infinito. Y unas tremendas ganas por ser felices en medio de tiempos difíciles que segaron las infancias de muchos ñiños y niñas de aquella España de cal y camisas blancas.
 

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