Estos días azules

Espacio dedicado al recuerdo, al mundo natural, la educación...Lugar sereno.

19 julio 2010

Yo era pescador

(Fotografía: Víctor Martínez)


Acabo de renovar la licencia de pesca de mi hijo Juan y la mía. Pero pescar, pescar, lo que se dice pescar...

Creo que renuevo cada año por sentimiento. Eso será. Llevo muchos años de caña caída y continúo haciéndome socio del pantano de Santolea y su río Guadalope. Quizás pensando más en el derecho a estar, formar parte de allí que a pescar.

Sentimiento del recuerdo de mi infancia. Cuando me preparaba en casa los viernes por la noche los aparejos de pesca. Con una cesta hecha de esparto que me regaló mi madre y que fue herencia de su tío Manuel. Esa cesta iba con el complemento de un lombricero también de esparto (por cierto, un día me desapareció y sé quién fue el mago...). Mi primera caña de pescar la compré en la tienda de Rodolfo por 600 pesetas, era dinero, incluido el carrete y una boya con el anzuelo. Me desplazaba a pescar hasta el pantano por el camino que va hasta el río. Iba andando y volvía caminando. Con las calores del verano y las lluvias de la primavera. A veces solo, otras acompañado por Ramón, Carmelo o Manolito. Pescaba en el sobradero del pantano, en el puente Aforos o en el puente Nocilla. A veces, me iba al río al paso de la masada del Cortés. Otras, a la playa del pantano, o en las escaleras de la presa. Porque para ir andando, la cola de Santolea quedaba muy lejos. ¡Y cómo disfrutaba! Cogía de cebo lombrices en la acequia de la balsa tapada en la casa de Luís Miguel o por las callejas.

Sin coche, con una caña, dos anzuelos y boyas de recambio, tres esmerillones y dos cucharillas que no las podías perder bajo ningún concepto. Más que material de pesca, eran piezas de joyería. Y pescaba madrillas, barbos, carpas, alguna perca y un poco menos de alguna trucha. Y era feliz. La sensación de la picada, el tirón, la boya que se hundía en el agua. Lo natural y yo. Contemplando, relajando. Amaneceres, atardeceres y la merienda que me preparaba mi madre.

Y ahora, ¿qué? Nada. Tengo coche para desplazarme hasta la cola del pantano. Varias cañas de pescar, múltiples señuelos y aparejos. Nada. Me aburro. Ya no me atrae pescar. Sólo renuevo porque me acuerdo. O eso creo.

(Lo siento por la trágica noticia del fallecimiento de tres miembros de una familia en un lugar del pantano que en muchas ocasiones estuve y estaré)

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