Estos días azules

Espacio dedicado al recuerdo, al mundo natural, la educación...Lugar sereno.

04 enero 2013

Las oliveras del Val



Para estas fechas la escarcha ya dormita entre terrones, piedras y espliegos secos. La ventisca adormece al perdigacho y suelta la cabra montés por el Llovedor. El cierzo silencia la campana del campanario y convierte la tierra en turrón duro. Parece que es momento de parar, de seguir la huella del letargo del fardacho y la paniquesa. Creemos que para ahora no hay vida, sólo silencio. ¡Pues no es cierto! Los recuerdos de infancia nunca cesan porque son tan verdaderos y potentes que explosionan en cualquier momento. Es el caso del recuerdo de un trozo de tierra, un paraje que me empapa cada vez que pienso en él: es el Val.
El Val es mi tierra, de los míos. Son bancales de portillos desmelenados que contienen oliveras. Oliveras rancias, viejas, enfermas y cansadas de los malos tratos. Porque vivieron tiempos más halagüeños, de cosecha y labranza. Cuando aparecían las vacaciones de Navidad había dos retos que   afrontar. Uno, visitar el granero, sala de exposiciones, con todos aquellos cañizos repletos de ricos tocinos y lomos de cerdo envueltos en sábanas blancas y, seguidamente, subir al perche oteando hacia los clavos inmortales  plantados en troncos vigorosos que desprendían pendientes de morcillas y longanizas. El segundo reto y más difícil, era ir a coger olivas dispersas, aburridas y escasas. Olivas del Villar, la Torre y el Val.
Mi lugar preferido siempre fue el Val. Quizá porque en verano nos capuzábamos en la balsa. O porque había dos higueras que regalaban miel. Mi padre sólo colocaba la baca al Seat 850 una vez al año: cuando tenía que transportar las dos escaleras que por encargo había construido el Sr. Pompeyo. La primera mañana era cuestión de logística. Sacar, subir, agarrar y desplazar. Llegábamos a la finca y comenzaba el periplo de la recogida. Mantas negras, rudas y enormes servirían de mantel ante tal festín. Las oliveras, jodidas todas ellas, tenían querencia a los ribazos, como el toro manso a toriles. Es por ello que eran grandes como si de palmeras del Caribe se tratasen. Aunque haciendo honor a la verdad, cuando los pipiolos estudiantes aterrizaban en Castellote, la infraestructura y logística ya estaba organizada y hasta se habían recolectado una cantidad considerable de olivas.
El Val siempre fue mi refugio. Hoy en día me sigue impregnando de aromas, sonidos y colores. Él me comprende y a mí me relaja. Es un rincón especial cuya complicidad hace que sea feliz allí.
Su motor, su fuerza, comienza en la casilla. Una casilla de piedra, barro, teja, cañizos y madera. No hay más y… ¡hay tanto! Cuando mi padre la abría con una llave de madera, de esas de cerradura de ingeniería, aparecía su interior oscuro, fresco y sereno, rozando la espiritualidad. Un suelo dolido de tierra con un fardo de mimbres, un botijo que creo nunca se utilizó, tarros de cristal, irreconocibles periódicos, algún capazo de mimbre, unas varas ganchudas para agarrar las ramas más altas, unos pocos fósiles y el “Mabogastrol”.
Para los días de Navidad, los días de ir a coger olivas al Val, lo primero que se hacía era abrir la casilla y prepararse para la faena. Algunas mantas, verdes también, yacían dentro en espera de su uso al igual que unos pares de sacos de tela, herencia del tío Manuel. Se colocaban las mantas como redes de circo: con mimo, técnica,  paciencia y sin saber lo que podía pasar. Las escaleras ascendían hasta abrazar las agrietadas ramas. Llegaba el momento. Los hombres subían hacia el cielo a desparramar el fruto. Las mujeres y niños, a “llegar”, a recoger las olivas que caían fuera de la manta y a mantenerla. La escalera era un privilegio de unos pocos.
Recuerdo esas mañanas de escarcha y frío. Las manos se endurecían y las orejas estaban tiesas. Te reconfortaba algún chorizo y morcilla del matapuerco que pasaba mi madre a la brasa. Días de vacaciones para mí porque aunque con pequeñas responsabilidades, no vivíamos del campo ni de estos menesteres.
Cuando venía mi hermano Agustín era una bendición. Él, tan responsable y mayor, ayudaba tanto en los quehaceres que mi hermano Víctor y yo nos dedicábamos a zanganear. Mira ese pájaro, he encontrado un agujero que… vamos a coger palos para… Como observábamos que la faena estaba controlada, hasta nos permitíamos jugar a los “chinos” para quien perdiera, recoger del suelo, por ejemplo, 20 olivas. ¡Qué empresa! A esa situación se sumaba la atracción de las tardes con las películas de vacaciones de Navidad. Tarzán nos rescató muchas veces del Val al igual que a nuestro vecino Ramón. Allí, en el campo, dejábamos a nuestros padres y nosotros, al pueblo andando. Que poca seriedad. Lo siento, pero fue así.
La radio era otra gran compañía. Para mí un rollo, pero para mi padre no tanto. El sonsonete de esos espacios y programas navideños, el día de la lotería,  de los Santos Inocentes…
Hoy sigo pensando en esos momentos. Momentos dichosos, felices e infantiles. La producción del olivar, una miseria. Pero allí, entre portillos y oliveras, me sentía a gusto y seguro. Estábamos todos juntos y cada cual charraba de sus cosas. Familia joven y unida.
Siempre que regreso a Castellote, intento ir al Val. Hoy, esas oliveras alcahuetas están moribundas y asfixiadas por los pollizos y la sequía. Noto el frío del invierno y la tarde que pardea. Un frío cálido porque íbamos todos a coger olivas al Val.


2 comentarios:

Muy bonito. No me acordé de decírtelo en Navidad.
Un abrazo.
Belén
 
Gracias Belén. Un abrazo y recuerdos a César.
 

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