Estos días azules

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12 agosto 2014

La montaña

                                                                                                                 (Fotografía de Víctor Martínez)

     La montaña se pasea silenciosamente por Castellote. Su enorme bufanda de gruesas lanas protege las tejas del cierzo invernal. Ella siempre tuvo querencia por estos territorios emplazados, de juglares y trotamundos llegados desde el mar que origi los tiempos. Apego quizás porque el pueblo viene de muy atrás, de los tiempos de conquistas, caballeros, dragones y damas.
La montaña y Castellote se complementan en fortaleza, grandeza y verdad. Sus rocas inertes y pausadas siempre vigilan lo que sucede abajo, sujetando el cielo azulado, observando con alas de águila y ojos de niño nuestro pasado, presente y futuro. Sus guijarros y rocas agrietadas han visto el paso de un tiempo inevitable y fugaz. Un castillo templario, casi inexpugnable, se dibuja en lo alto presidiendo los cuatro puntos cardinales.
Nos acostumbramos con facilidad a la montaña. Nos sentimos seguros cuando nos acurruca en las noches de frío y soledad. Alzamos la vista y a está.
En  los amaneceres se perfuma de tomillo y romero. Cuando llegan los traviesos vientos del sur, desprende su aroma por todo el pueblo y da paso a la cabra montés y al buitre leonado. Las chovas piquirrojas graznan en las cárcavas de un Llovedor llorón. En las noches de verano se cubre en un manto de miles de estrellas y como almohada, la luna llena que le mece y duerme.
Al atardecer en el mes de  septiembre, cuando los gorriones se alborotan en el olmo de la barbacana, se muestra melancólica y con luces lidas. Recuerda que sus entrañas fueron excavadas una vez para hacer un túnel y el dolor que sintió sirvió para abrir un camino de futuro, una puerta al mundo exterior. Fue donante de rocas para salvar el progreso.
Cómo sonríe el sábado de Pascua cuando oye serenatas de guitarra y bandurria. Las voces hermosas y potentes suben hasta su alcoba. Quizás algún año le canten.
Montaña que desciendes hasta las aguas cristalinas del pantano de Santolea, piedras pardas y rojizas que guardáis tantos secretos nunca hallados. Dices que te diga y digo que eres misteriosa porque nunca desvelaste el secreto que mejor guardas, la amistad. Compartes lo que eres: acoges el calor del sol de invierno en el puntal y la pequeña sombra del enebro en verano, otorgas inagotable agua y frescura en enormes paredones. Siempre dejaste pasear por ti a todos sin distinciones ni reservas, porque tú eres eterna, libre y sin barreras.
En  tus  alturas  somos  seres  diminutos que  soñamos, te  susurramos nuestros fracasos, te gritamos nuestros deseos y escondemos los miedos. Porque custodias cofres de alegría, ilusión, tristeza, amor, desengaño, arrepentimient y esperanza. Los introduces en las grietas de tus rocas y duermen allí por los siglos.
¿Recuerdas que de niños jugábamos a ser héroes, a construir campamentos? Te recorríamos en busca de poleo y té . Ahora te vemos con el mismo respeto y más añoranza. Estás con nosotros e imaginamos que todas las noches, cuando Castellote duerme, bajas hasta el Caballón.


                                                                       (Colaboración programa de fiestas, Castellote 2014)

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